La figura del artista se suele identificar con una persona con un ego desmedido. Es cierto. Los artistas somos personas con la delirante obsesión de querer perdurar, y eso nos lleva a dejar continuamente marcas en el mundo. Además, como me ha dicho un gran artista hace poco, “hay que quitarse la timidez, el peor enemigo de los que tienen que vender ellos mismos su trabajo”, por lo que defender la propia obra, colocarla en toda oportunidad que se presenta y hasta presumir es una obligación si se quiere sobrevivir en un mundo hostil al arte.

Pero muchos artistas se quedan en eso. Se vuelven fanfarrones y vacuos, caricaturas de un genio. Y una vez que se miran tanto al espejo dejan de avanzar. Se quedan en lo que les ha dado un mínimo éxito y no salen de ahí.

Por eso es tan necesaria la humildad. Una humildad real, no fingida. Una humildad que proviene de la autocrítica, que no puede ser tan terrible que no te deje continuar ni tan laxa que te impida querer mejorar.

Consagrarse al arte es algo casi en desuso. Porque no es rápido, ni sencillo. Implica sacrificio. No sólo por el trabajo y la dedicación. Implica también luchar constantemente con uno mismo, darse cuenta de que todo lo que has llegado a ser, todo lo que eres capaz de hacer, sólo en una muy pequeña parte depende de tu talento natural. El resto es trabajo, trabajo y trabajo. Y más trabajo.

Te das cuenta de que al igual que un físico actual maneja conceptos que ni existían en tiempos de Einstein, gracias a haber estudiado la obra de los científicos del pasado, los artistas también estamos subidos en los hombros de gigantes. No se llegaría a un claroscuro sencillo sin Giotto, sin Caravaggio…

Consagrarse al arte es duro, muy duro en ocasiones, cuando te das cuenta de que al llegar un paso más arriba ves todavía más paisaje a tu alrededor y te enteras de que eres más pequeño aún de lo que creías. Y sientes vértigo. Te das cuenta de que cuanto más profesional vas siendo más te queda por recorrer y debes afrontar con humildad que, comparándote con los más grandes todavía eres un mero aprendiz, un dilettante.

Pero todo tiene su recompensa: sentirse aprendiz daña al ego pero es la demostración de algo fantástico: todavía puedes aprender. Tu oficio se está abriendo nuevamente ante ti y mostrándote nuevos caminos llenos de misterio y maravillas por descubrir.

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Un comentario en “DE LA HUMILDAD

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