bn-cd857_0403ni_m_20140331161833Cuando era pequeño, tuve acceso a libros sobre historia del Arte y viví un ambiente cultural que pocos de mi generación han disfrutado. Cuando en el instituto me hablaron del orden dórico, Zurbarán o Matisse, yo ya conocía casi todo. Disfruté como un enano el nuevo baño de conocimiento que me brindó la enseñanza obligatoria. Y durante la carrera, cuando pude profundizar, ya en Barcelona, en las sutilezas de las diferentes escuelas renacentistas o ver con mis propios ojos las maravillas del románico catalán llevadas al Museu Nacional de Art de Catalunya.

Al mismo tiempo fui desarrollándome como artista y mi relación de pareja con Carmen Martín, una gran pintora, me hizo extender mi amor al arte y mi veneración a todo lo bello.

En seguida me di cuenta de la gran fragilidad del arte. De la pasmosa facilidad con la que la extremada belleza de un conjunto arquitectónico armonioso desaparecía en cuestión de horas cuando la avaricia imponía su piqueta. Lugares antaño únicos, especiales, podían desaparecer sin dejar rastro, siendo sustituidos por la agresividad de lo feo, lo horrendo, lo anodino de un búnker cementífero. Del mismo modo siglos de sabiduría acumulada a lo largo de generaciones de artistas amorosamente dedicados a dar lo mejor de sí podían ser destruidos con una simple patada, un golpe, una inundación o una llama.

Cuando supe de algunos monumentos destruidos por pura avaricia, ignorancia o maldad, en el pasado, como las pirámides mancilladas por Benzoni, o el arte destruido por los ejércitos de Mao, no pude contener las lágrimas. Pero pensé, infeliz de mí, que en el presente ya había una nueva mentalidad de conservación. Pensé que el futuro se parecería al que pintaban en Star Trek: una humanidad que convivía en paz y con respeto hacia la cultura propia y ajena. Que a partir de cierto momento ya había conciencia de la importancia del legado antiguo y su conservación.

Pero cuando los talibanes dinamitaron los majestuosos budas de Bamiyán, cuando supe que ennegrecían con humo de neumáticos las bellas pinturas que no eran capaces de rascar hasta la argamasa, volví a llorar. Lloré de nuevo al leer el testimonio del último cuidador del museo de Kabul, donde se guardaba aquel arte único, de síntesis greco-budista y sus sensuales y elegantes formas. Me inundó la impotencia y la rabia al saber de la enorme destrucción alentada por los EEUU en su segunda guerra de Irak, cuando los soldados vigilaban el ministerio del petróleo mientras la biblioteca y el museo de Bagdad eran salvajemente asaltados. Tomé conciencia entonces de la espantosa deriva que el mundo estaba tomando gracias al dominio de aquella estúpida religión que estaba extendiéndose por occidente: el neoliberalismo. Una pseudociencia que arrastraba a gobiernos enteros hacia la barbarie más absoluta. Una política consistente en bendecir oficialmente la imbecilidad de los chulos de patio de colegio. Tolerancia amable a todo tipo de abusos: ideológicos, religiosos, a los extremismos más absurdos en cada país y cada credo. Pasión por la barbarie y el fascismo y dureza extrema con los parias de la tierra.

No volví a llorar. Cada vez la televisión nos iba trayendo mayor brutalidad. Cada vez mayor desprecio por la vida, por la naturaleza y por supuesto por el arte y la historia. Ya no cabía más escándalo. Las palabras de Aznar justificando una masacre, las de un Rajoy balbuceante justificando el envenenamiento de las costas de su propia tierra, imágenes de diferentes pueblos siendo masacrados, de selvas ardiendo, bellísimos monumentos históricos siendo destruidos a propósito… y más tarde los deshaucios, los inmigrantes ametrallados en las fronteras, el fascismo remontando en Europa, la bota de la banca y las grandes corporaciones sobre el mismísimo torso desnudo de la democracia… todo para mí era lo mismo. Neoliberalismo, o lo que es igual: “la ley de la selva es buena para el hombre”.

Estos últimos tiempos, las imágenes que ISIS nos trae a diario responden al mismo esquema: “Laissez faire, laissez passer”. Un esquema mental que había sido rechazado en su época, que murió al poco de nacer y nadie se atrevía a defender en serio. Pero que nos han colado y ahora tenemos que sufrir hasta que se extinga, si lo hace. ¿Cuánto tardará ISIS en llegar a Europa? ¿Cuánto tardará la Capilla Sixtina en ser demolida y quemados los museos vaticanos? Pues no lo podemos saber. Quizá nunca lleguen los yihadistas musulmanes a tomar Roma y destruirla. Pero ¿para qué haría falta? Tenemos nuestros propios yihadistas cristianos. Y nuestros propios fascistas, nuestros propios especuladores psicópatas. Todos ellos igual de dañinos. La cultura ya está amenazada de muerte y tardará pocas décadas en desaparecer del todo. Nos quedará un mundo de ruinas y cascotes de cemento por doquier, en el que como mucho la Wikipedia sueca conservará parte del legado cultural del mundo. Y mientras tanto nuestros gobernantes se preocupan sólo de dar más poder a los que ya están destruyendo todo. A la banca, a las grandes corporaciones y las sempiternas familias de las élites que manejan nuestros destinos y a los que todo les importa una mierda mientras puedan pagar seguridad privada para sus castillos.

Hoy ha muerto Leonard Nimoy, que encarnó al sabio Spock, embajador de la Federación en el Imperio Romulano. Un papel digno, que sólo la idiocia de un guión miope para una productora sedienta de beneficios trastocó, si bien nos trajo las últimas encarnaciones en pantalla de Nimoy como el venerable Spock.
Spock representa esa nobleza de la raza humana arrebujada en la cultura y el arte. Esa humanidad que vio nacer la filosofía, la poesía, la democracia, el arte y la ciencia. Esa humanidad que tantos creyentes hoy ven necesario exterminar para mayor gloria de su amigo imaginario.

Hoy he visto por primera vez, y casi por accidente, horribles imágenes de los “héroes” de ISIS descuartizando personas. De los “héroes” de ISIS destruyendo el arte mesopotámico. De los mismos “héroes” quemando una biblioteca, como es costumbre entre fascistas para celebrar sus “victorias”. Son vídeos que siempre me he negado a compartir y por supuesto a ver. Pero que tienen gran éxito en este mundo brutal y mentalmente retrasado.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ya uno de los dos grandes artes inaugurales de nuestra civilización, que estudiábamos en el primer trimestre de Historia del Arte de 1º de BUP, es ya sólo una serie de fotos de recuerdo. Quien tenga dinero para viajar podrá ver todavía unas pocas piezas robadas expuestas en museos europeos y americanos. Pero en pocos años, al paso que vamos, hasta esos museos habrán perdido sus obras por el fundamentalismo religioso, el fundamentalismo político o el fundamentalismo económico, que habrá obligado a cerrarlos o a demolerlos por impuros, por incómodos o simplemente para poder ganar alguna ridícula palada más de dinero. En el mejor de los casos las pocas piezas que queden en algún rincón, mutiladas, serán conocidas sólo por unos pocos que renieguen en secreto del entretenimiento de masas.

Los cínicos construyen su máscara de “todo me da igual” ignorando esta barbarie que nos hará fracasar como civilización global. Pero no les valdrá de nada: hoy en día los medios de destrucción son infinitamente más rápidos, potentes y efectivos. No nos quedará nada, ni de la naturaleza ni del arte y la cultura rebosantes que prometían un futuro feliz, bello y generoso. El mundo será triste y gris de verdad. Será una distopía que ni los cínicos serán capaces de apreciar.

Una nueva Edad Media, pero muchísimo más cruel y oscura, se avecina para los próximos siglos. Ojalá me equivoque.

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