Una de las cosas que más me molestan en general es la desgana. El hacer las cosas sin maña ni cuidado, sin cariño, descuidando las maneras. Puedo entender la desgana al hacer algo que no nos gusta, como barrer o cubrir un impreso. Pero ¿en tu profesión? ¿llamándote artista? Por desgracia esta es una norma hoy en día. La mediocridad se ha impuesto como canon para poder producir rápido y de forma abundante. ¿Calidad? ¡Para qué! La gente paga igual.

Por eso valoro sobremanera las cosas bien hechas. El amor a los detalles ínfimos y que pasan desapercibidos. La constancia, la pasión, la ilusión puesta en las cosas que se hacen y teniendo en cuenta todas sus partes.

En la profesión artística el amor a las cosas bien hechas es el secreto. Consagrarse a un arte difícil, lleno de sutilezas y con un amplísimo campo, no es una tontería, no es un sacrificio que cualquiera esté dispuesto a hacer. Pero vale muchísimo la pena. Personal y profesionalmente.

La dedicación que centra mi vida artística últimamente es la caligrafía. Un arte en el que todo ha de hacerse a la primera, sin corregir. Su inevitable ramificación hacia el dibujo y la pintura del que provengo me hace ser más consciente aún de esta realidad: hay que hacer bien las cosas. Cuando un artista se consagra a su profesión, se ve cada vez más inundado con un océano de arte que le rodea y que le hace cambiar de medio. Ya no vive una vida corriente, sino una vida en su océano particular, a través del cual respira y ve el mundo. Lo mismo puede decirse de otras muchas profesiones vocacionales como la ciencia o el deporte.

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Carmen Martín, mi mujer, en el nuevo Estudio, rodeada de sus maravillosas ilustraciones.

Tengo la suerte de convivir con la pintora Carmen Martín, que es la personificación de todo esto. Su obra casi no nos cabe en el nuevo estudio… Pero por lo general es la tónica de los artistas que conozco, como mi amigo Mariano Casas, o mi hermano Xurxo, violagambista, o incluso mi hija Rosalía que comienza a formarse como música… Hay tantas y tantas cosas en sus respectivos mundos que uno se pierde, tropieza constantemente con cosas que ni imaginabas que estaban. Como cuando entras en el estudio nuevo de mi mujer.

Hace un año y pico preparé una conferencia sobre la Historia de la Caligrafía Latina. Fue en Sargadelos, a las 8 de la tarde del día 22 de enero. Su preparación me permitió ahondar más aún en determinados aspectos del arte que profeso y al que me he consagrado. Resulta apabullante establecer una correspondencia directa con grandes figuras de la caligrafía y CartelA3el diseño y ver que esta norma de la seriedad, del océano creativo, sigue siendo la tónica general. La visita a las webs o a los perfiles de Facebook de calígrafos y diseñadores como Ricardo Rousselot, Benoit Furet, Daniel Reeve, Ramiro Espinoza o estudiosos como Erik Kwakkel produce el mismo mareo, por cantidad y calidad, que sumergirse en la infinitud del estudio de Carmen Martín. Te hace ver que esa es la dirección correcta.

También sigo releyendo el libro que me han regalado Pablo e Irene, muy queridos amigos de Málaga, “Caligrafía”, de Claude Mediavilla, y la impresión es la misma. Qué placer poder disfrutar de las cosas bien hechas, de la obra abundante y viva. No son tiempos de sequía artística, sólo de mercado miope y prensa de masas aún más miope, que en lugar de mostrar los grandes frutos de los artistas que sí trabajan en serio, con ganas, con oficio, muestran los balbuceos torpes de cuatro diletantes bien relacionados socialmente.

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