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Carmen Martín concentrada, trabajando.

Hoy os traigo un artículo rescatado de mi blog antiguo, apenas modificado:

Los que nos dedicamos a pintarrajear telas, garrapatear papeluchos, así como los que, inexplicablemente, se siguen sintiendo atraídos por estos “trabajos manuales”, hace tiempo que tenemos que oír una serie de sentencias más o menos solemnes sobre el arte. Pero como casi todo lo solemne, son solemnes tonterías.

Algunas de estas sentencias, que vienen desde fuera de la profesión, son además de estúpidas, bastante mezquinas. Siento no ser capaz de separar estupidez y mezquindad, pero en cualquier caso existen; son las típicas críticas que comparan la pintura con los “trabajos manuales”, que valoran la originalidad de las obras, o su contemporaneidad.

Estas sentencias, que se usan para rellenar páginas y páginas de tantos suplementos culturales de periódicos, en resumen dicen “Yo creo, sí creo, creo en las Nadas”. Justifican que la nada se presente como creación genial, y a su vez dicen “nada”, para reforzar el discurso.

Pero no sólo de conceptuadictos se nutre la tontería.

Bouguereau - Le ravissement de Psyche

El arte oficial, aunque vacuo, no siempre ha sido basado en la nada. Hubo épocas pretéritas, en las que un pintor oficial al menos debía saber dibujar dos tetas. Y básicamente es lo que hacían: tetas o musculitos, en composiciones grecorromanizantes inverosímiles, o bien muchachitas tiznadas y desharrapadas con cara lánguida. Era la época dorada de los Salones Oficiales.

Aquel arte oficial, con nombres como los defendidos por Artrenewal.org era el de la aparatosa pintura narrativa, que en su afán por vender las cualidades de los que pagaban -cosa común en toda la historia del Arte, para qué engañarse- sobrepasó una invisible frontera, y cayó en la superficialidad. Bouguereau y Cabanel, ambos señores muy respetados en su tiempo, ilustra perfectamente el tipo de pintura que se hacía. Cursilería, ñoñería, que la excepcional técnica sólo conseguía resaltar. No obstante hay contadas excepciones de alta calidad como Sir Lawrence Alma-Tadema, que desde aquí quiero reivindicar.

Alexandre Cabanel - Cleopatra probando venenos en los condenados

El academicismo, arte oficial del siglo XIX cayó cuando el impresionismo y otros movimientos ascendieron. Fue una auténtica debacle. Hoy no podemos evitar ver la pintura académica como banal, decadente. Aunque visto el arte oficial de ahora, aquella exaltación sin sentido del ridículo de lo bello y lo bonito se echan de menos. Por no hablar del innegable encanto de lo decadente.

Poco a poco, los antiguos cuadros académicos y sus autores fueron cayendo en el olvido y sus cascos romanos, sirvieron para bautizarlos popularmente como pompiers (bomberos) por su parecido con los cascos de aquellos profesionales con manguera. La palabra pompier quedó como símbolo de la grandilocuencia petulante, el esteticismo ñoño y ridículo de aquellos cuadros de muchachos musculosos con casco de bombero y mozas en porretas por exigencias del guión.

El psicoanálisis apareció poco después.

Poco a poco se les llamó pompiers también a los nostálgicos de ese estilo y hoy en día podemos encontrar pompiers (aquí les llamamos domingueros) en las asociaciones de pintores aficionados locales.

Los pompiers valoran en los cuadros cosas como la proporción de las figuras, el parecido, el estilo “acabado” y luego las cosas serias, como la composición y la perspectiva.

Claro que a su vez ellos no han llegado todavía a dominar ninguna de esas cosas, pero son inflexibles en sus juicios, y suelen terminar la conversación con un sonoro “¡A mí no me gusta Picasso!”.

BIO-PICASSO

No es que estas cosas no las considere importantes, o que no tolere la aversión por el “pintor francés nacido en Málaga”, pero todos estos son rasgos distintivos de esta curiosa estirpe.

La visión de la pintura que los pompiers tienen está construida a base de lugares comunes. Cosas leídas o escuchadas en vete a saber dónde, y que tienen muy poca coherencia y unidad.

De la órbita pompier provienen las “ortodoxias técnicas” que cada año tengo que borrar de la cabeza de mis alumnos: que si el óleo es mejor que el acrílico, que si hay que usar aguarrás puro -esencia de trementina rectificada, oiga- y aceite -pringoso- de linaza para el óleo como es debido, o que los retratos deben ser comenzados precisamente por los ojos y con un pincel finito.

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La biblia del perfecto pompier.

También los prejuicios más variopintos:

  • Un buen cuadro se pinta despacio.
  • Un buen dibujante es el que cuenta las pestañas del modelo.
  • El desnudo es más difícil que el paisaje.
  • Los años del pintor equivalen a años de experiencia…

En general, cuando uno tiene altas miras, las sentencias y juicios de los pompiers resbalan. Pero si se encuentra uno rodeado de ellos en alguna reunión social, llegan a ser agobiantes. En realidad están arrinconados. Su reino cayó hace más de un siglo, y hoy no se les presta atención alguna, excepto en alguna que otra ciudad de provincias. Como Ferrol, por cierto.

Hoy, los que cortan el bacalao no son los admiradores de la teta griega -qué más quisiera yo- sino los de la caca enlatada. El arte oficial de hoy es el anti-arte-académico. Es justo lo contrario: en lugar de belleza divina, fealdad infernal. En lugar de elegancia, vulgaridad. Como si Aristóteles no hubiese dicho nunca que la virtud está en el término medio.

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Ígor Stravinsky, quizá el más genial músico de las vanguardias históricas del siglo XX dijo en su Poética Musical, libro que recomiendo fervientemente:

“Como toda clase de males, el esnobismo tiende a engendrar otro mal, que es su contrario: el pompiérisme. En el fondo, el esnob no es sino una especie de pompier, un pompier de vanguardia.

Los pompiers de vanguardia hablan de música del mismo modo que de freudismo o de marxismo. Evocan a cada paso los complejos del psicoanálisis y llegan hoy hasta dejarse prender, bien a su pesar -pero esnobismo obliga-, por el gran Santo Tomás de Aquino… Puesto en la disyuntiva, prefiero a los pompiers que hablan de melodía; que reivindican, la mano en el corazón, los derechos imprescindibles del sentimiento; que defienden la primacía de la emoción, muestran preocupación por lo noble, se dejan arrastrar en ocasiones por la aventura de lo pintoresco oriental y llegan incluso a rendir homenaje a mi Pájaro de fuego. Pensarán ustedes que es por eso porque los prefiero a los otros… los encuentro solamente menos peligrosos. Los pompiers de vanguardia harían mal, por otra parte, en despreciar demasiado a sus colegas mayores de edad. Unos y otros seguirán siendo pompiers toda la vida, pero los revolucionarios pasarán de moda antes que los otros: el tiempo los amenaza más…”

A la luz de esta cita, no deja de ser curioso que en la estrecha visión de los creyentes y admiradores del anti-arte todo lo que no es arte “contemporáneo” oficial es dominguero: o sea, se incluye exclusivamente en la órbita de los viejos pompiers. Aún recuerdo las apasionadas arengas anti-domingueras, anti-pompier de nuestros “y-no-olvidables” profesores de Bellas Artes en la facultad de Pontevedra.

Aún hoy, en pleno 2016, los pro-conceptuales, o creyentes en la nada, nuestros actuales pompiers de vanguardia, siguen criticando a los viejos pompiers, al academicismo, a la mojigatería y la Burguesía… ¡como si viviésemos todavía en la Europa de 1909 y Marinetti acabase de publicar su Manifiesto Futurista. Es decir: siguen tan anclados a aquella época, como los pompiers viejos, a los que tanto odian. Yo casi prefiero, pues, ser menos contemporáneo de ellos y vivir más en nuestra época.

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