Día de la mujer

Un día como hoy es la ocasión socialmente aceptada para “celebrar el día de la mujer”.

 

¿Qué se celebra exactamente? Culturalmente estamos retrocediendo en todos los frentes. Lo que hace cincuenta años eran conquistas legítimas hoy se ponen en duda o se destruyen con saña y alborozo, blandiendo paradójicamente las mismas consignas para imponer la sinrazón que en su momento se usaron para combatirla.

 

Las mujeres siguen siendo masacradas, mutiladas, reprimidas y despreciadas como antaño. La diferencia en sueldos y consideración profesional, que es la bandera oficiosa del 8 de marzo de este año, es la menor de las vejaciones sexistas para la mayoría de las mujeres de este maltratado planeta. El machismo, el clasismo, el racismo y toda su despreciable familia han renovado alegres sus votos en estos días.

 

Son cosas que yo no puedo entender. El odio hacia la libertad es deleznable, como el odio a la cultura, la ciencia o el arte. Pero el odio a las mujeres es incomprensible, rastrero, profundamente cobarde. El hombre que odia a las mujeres no merece llamarse hombre.

 

Como mi ínfima aportación os traigo este programa de radio en el que una poetisa habla de las voces de las mujeres escritas en ese tejido cultural que ha perdurado siglos, sobreviviendo a imperios y religiones, y que sigue atravesando el alma de los seres humanos que realmente merecen ser llamados así.

 

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El compromiso por la belleza

En una época en la bamiyan-buddhasque la Naturaleza y el Arte son masacrados tanto como los pueblos, hay un peligro real de que el mundo acabe siendo una ruina distópica, un yermo de cascotes de cemento en el que salir a la calle entrañe mil peligros.

El mundo antiguo y el moderno ya están casi perdidos por completo. A pasos de gigante, calzado además con botas de siete leguas, se va destruyendo todo lo hermoso del mundo. El ser humano, si no está arropado por la belleza, tanto natural como artística, si vive en entornos horribles, acaba siendo un monstruo capaz de las mayores atrocidades. Y al revés, cuando se ve lícito arrasar naturaleza y arte es porque las personas ya han llegado a ese estado monstruoso, sin empatía, indiferentes al sufrimiento y la crueldad.

El compromiso que debería guiarnos a los artistas es el de restituir en la medida que nos sea posible esa belleza perdida. Cuando se reduce a cascotes una escultura asiria por parte de auténticas bestias desprovistas de humanidad, cultura y el más mínimo atisbo de raciocinio, los artistas deberíamos abandonar las posturas cínicas y consagrarnos a embellecer el mundo. Del mismo modo que cuando se arrasan hectáreas de selva tropical se deberían plantar nuevas selvas, o cuando se cierra un hospital o una escuela mover todos los resortes para reabrirlos.

Distopía

bn-cd857_0403ni_m_20140331161833Cuando era pequeño, tuve acceso a libros sobre historia del Arte y viví un ambiente cultural que pocos de mi generación han disfrutado. Cuando en el instituto me hablaron del orden dórico, Zurbarán o Matisse, yo ya conocía casi todo. Disfruté como un enano el nuevo baño de conocimiento que me brindó la enseñanza obligatoria. Y durante la carrera, cuando pude profundizar, ya en Barcelona, en las sutilezas de las diferentes escuelas renacentistas o ver con mis propios ojos las maravillas del románico catalán llevadas al Museu Nacional de Art de Catalunya.

Al mismo tiempo fui desarrollándome como artista y mi relación de pareja con Carmen Martín, una gran pintora, me hizo extender mi amor al arte y mi veneración a todo lo bello.

En seguida me di cuenta de la gran fragilidad del arte. De la pasmosa facilidad con la que la extremada belleza de un conjunto arquitectónico armonioso desaparecía en cuestión de horas cuando la avaricia imponía su piqueta. Lugares antaño únicos, especiales, podían desaparecer sin dejar rastro, siendo sustituidos por la agresividad de lo feo, lo horrendo, lo anodino de un búnker cementífero. Del mismo modo siglos de sabiduría acumulada a lo largo de generaciones de artistas amorosamente dedicados a dar lo mejor de sí podían ser destruidos con una simple patada, un golpe, una inundación o una llama.

Cuando supe de algunos monumentos destruidos por pura avaricia, ignorancia o maldad, en el pasado, como las pirámides mancilladas por Benzoni, o el arte destruido por los ejércitos de Mao, no pude contener las lágrimas. Pero pensé, infeliz de mí, que en el presente ya había una nueva mentalidad de conservación. Pensé que el futuro se parecería al que pintaban en Star Trek: una humanidad que convivía en paz y con respeto hacia la cultura propia y ajena. Que a partir de cierto momento ya había conciencia de la importancia del legado antiguo y su conservación.

Pero cuando los talibanes dinamitaron los majestuosos budas de Bamiyán, cuando supe que ennegrecían con humo de neumáticos las bellas pinturas que no eran capaces de rascar hasta la argamasa, volví a llorar. Lloré de nuevo al leer el testimonio del último cuidador del museo de Kabul, donde se guardaba aquel arte único, de síntesis greco-budista y sus sensuales y elegantes formas. Me inundó la impotencia y la rabia al saber de la enorme destrucción alentada por los EEUU en su segunda guerra de Irak, cuando los soldados vigilaban el ministerio del petróleo mientras la biblioteca y el museo de Bagdad eran salvajemente asaltados. Tomé conciencia entonces de la espantosa deriva que el mundo estaba tomando gracias al dominio de aquella estúpida religión que estaba extendiéndose por occidente: el neoliberalismo. Una pseudociencia que arrastraba a gobiernos enteros hacia la barbarie más absoluta. Una política consistente en bendecir oficialmente la imbecilidad de los chulos de patio de colegio. Tolerancia amable a todo tipo de abusos: ideológicos, religiosos, a los extremismos más absurdos en cada país y cada credo. Pasión por la barbarie y el fascismo y dureza extrema con los parias de la tierra.

No volví a llorar. Cada vez la televisión nos iba trayendo mayor brutalidad. Cada vez mayor desprecio por la vida, por la naturaleza y por supuesto por el arte y la historia. Ya no cabía más escándalo. Las palabras de Aznar justificando una masacre, las de un Rajoy balbuceante justificando el envenenamiento de las costas de su propia tierra, imágenes de diferentes pueblos siendo masacrados, de selvas ardiendo, bellísimos monumentos históricos siendo destruidos a propósito… y más tarde los deshaucios, los inmigrantes ametrallados en las fronteras, el fascismo remontando en Europa, la bota de la banca y las grandes corporaciones sobre el mismísimo torso desnudo de la democracia… todo para mí era lo mismo. Neoliberalismo, o lo que es igual: “la ley de la selva es buena para el hombre”.

Estos últimos tiempos, las imágenes que ISIS nos trae a diario responden al mismo esquema: “Laissez faire, laissez passer”. Un esquema mental que había sido rechazado en su época, que murió al poco de nacer y nadie se atrevía a defender en serio. Pero que nos han colado y ahora tenemos que sufrir hasta que se extinga, si lo hace. ¿Cuánto tardará ISIS en llegar a Europa? ¿Cuánto tardará la Capilla Sixtina en ser demolida y quemados los museos vaticanos? Pues no lo podemos saber. Quizá nunca lleguen los yihadistas musulmanes a tomar Roma y destruirla. Pero ¿para qué haría falta? Tenemos nuestros propios yihadistas cristianos. Y nuestros propios fascistas, nuestros propios especuladores psicópatas. Todos ellos igual de dañinos. La cultura ya está amenazada de muerte y tardará pocas décadas en desaparecer del todo. Nos quedará un mundo de ruinas y cascotes de cemento por doquier, en el que como mucho la Wikipedia sueca conservará parte del legado cultural del mundo. Y mientras tanto nuestros gobernantes se preocupan sólo de dar más poder a los que ya están destruyendo todo. A la banca, a las grandes corporaciones y las sempiternas familias de las élites que manejan nuestros destinos y a los que todo les importa una mierda mientras puedan pagar seguridad privada para sus castillos.

Hoy ha muerto Leonard Nimoy, que encarnó al sabio Spock, embajador de la Federación en el Imperio Romulano. Un papel digno, que sólo la idiocia de un guión miope para una productora sedienta de beneficios trastocó, si bien nos trajo las últimas encarnaciones en pantalla de Nimoy como el venerable Spock.
Spock representa esa nobleza de la raza humana arrebujada en la cultura y el arte. Esa humanidad que vio nacer la filosofía, la poesía, la democracia, el arte y la ciencia. Esa humanidad que tantos creyentes hoy ven necesario exterminar para mayor gloria de su amigo imaginario.

Hoy he visto por primera vez, y casi por accidente, horribles imágenes de los “héroes” de ISIS descuartizando personas. De los “héroes” de ISIS destruyendo el arte mesopotámico. De los mismos “héroes” quemando una biblioteca, como es costumbre entre fascistas para celebrar sus “victorias”. Son vídeos que siempre me he negado a compartir y por supuesto a ver. Pero que tienen gran éxito en este mundo brutal y mentalmente retrasado.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ya uno de los dos grandes artes inaugurales de nuestra civilización, que estudiábamos en el primer trimestre de Historia del Arte de 1º de BUP, es ya sólo una serie de fotos de recuerdo. Quien tenga dinero para viajar podrá ver todavía unas pocas piezas robadas expuestas en museos europeos y americanos. Pero en pocos años, al paso que vamos, hasta esos museos habrán perdido sus obras por el fundamentalismo religioso, el fundamentalismo político o el fundamentalismo económico, que habrá obligado a cerrarlos o a demolerlos por impuros, por incómodos o simplemente para poder ganar alguna ridícula palada más de dinero. En el mejor de los casos las pocas piezas que queden en algún rincón, mutiladas, serán conocidas sólo por unos pocos que renieguen en secreto del entretenimiento de masas.

Los cínicos construyen su máscara de “todo me da igual” ignorando esta barbarie que nos hará fracasar como civilización global. Pero no les valdrá de nada: hoy en día los medios de destrucción son infinitamente más rápidos, potentes y efectivos. No nos quedará nada, ni de la naturaleza ni del arte y la cultura rebosantes que prometían un futuro feliz, bello y generoso. El mundo será triste y gris de verdad. Será una distopía que ni los cínicos serán capaces de apreciar.

Una nueva Edad Media, pero muchísimo más cruel y oscura, se avecina para los próximos siglos. Ojalá me equivoque.

Crossover Post

Crossover post entre mi blog de arte y mi blog de Linux, por razones evidentes.

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Artísticamente hablando lo que me parece interesante son dos observaciones:

1- Realmente, como comenta Claude Mediavilla en su gran libro sobre Caligrafía, nuestra letra cursiva actual es, en gran parte, heredera de la letra cancilleresca, con adiciones posteriores hasta llegar a la letra inglesa y spencerian. En el bloque de texto más largo de este ejemplo, simplemente he escrito con la pluma biselada (la propia para hacer letra cancilleresca) como si de una pluma puntiaguda (la propia para hacer letra inglesa) se tratase, dado que el papel era especialmente grueso y absorbente. El resultado es más o menos la típica letra cursiva que la mayoría de los de mi generación tenemos en la actualidad, con mínimas variaciones.

2- Cualquier tema es válido para caligrafiar. Pero en general es cierto que los temas menos trascendentales (como esta anotación sobre el reparto del disco duro de mi portátil) suelen funcionar mejor para practicar la caligrafía sin distracciones, pues en esencia cualquier arte visual es abstracta y la forma fluye mejor cuando el contenido no es una preocupación.

DE LA HUMILDAD

La figura del artista se suele identificar con una persona con un ego desmedido. Es cierto. Los artistas somos personas con la delirante obsesión de querer perdurar, y eso nos lleva a dejar continuamente marcas en el mundo. Además, como me ha dicho un gran artista hace poco, “hay que quitarse la timidez, el peor enemigo de los que tienen que vender ellos mismos su trabajo”, por lo que defender la propia obra, colocarla en toda oportunidad que se presenta y hasta presumir es una obligación si se quiere sobrevivir en un mundo hostil al arte.

Pero muchos artistas se quedan en eso. Se vuelven fanfarrones y vacuos, caricaturas de un genio. Y una vez que se miran tanto al espejo dejan de avanzar. Se quedan en lo que les ha dado un mínimo éxito y no salen de ahí.

Por eso es tan necesaria la humildad. Una humildad real, no fingida. Una humildad que proviene de la autocrítica, que no puede ser tan terrible que no te deje continuar ni tan laxa que te impida querer mejorar.

Consagrarse al arte es algo casi en desuso. Porque no es rápido, ni sencillo. Implica sacrificio. No sólo por el trabajo y la dedicación. Implica también luchar constantemente con uno mismo, darse cuenta de que todo lo que has llegado a ser, todo lo que eres capaz de hacer, sólo en una muy pequeña parte depende de tu talento natural. El resto es trabajo, trabajo y trabajo. Y más trabajo.

Te das cuenta de que al igual que un físico actual maneja conceptos que ni existían en tiempos de Einstein, gracias a haber estudiado la obra de los científicos del pasado, los artistas también estamos subidos en los hombros de gigantes. No se llegaría a un claroscuro sencillo sin Giotto, sin Caravaggio…

Consagrarse al arte es duro, muy duro en ocasiones, cuando te das cuenta de que al llegar un paso más arriba ves todavía más paisaje a tu alrededor y te enteras de que eres más pequeño aún de lo que creías. Y sientes vértigo. Te das cuenta de que cuanto más profesional vas siendo más te queda por recorrer y debes afrontar con humildad que, comparándote con los más grandes todavía eres un mero aprendiz, un dilettante.

Pero todo tiene su recompensa: sentirse aprendiz daña al ego pero es la demostración de algo fantástico: todavía puedes aprender. Tu oficio se está abriendo nuevamente ante ti y mostrándote nuevos caminos llenos de misterio y maravillas por descubrir.

Nueva etapa

No uno, sino dos culos como merecido recibimiento.
No uno, sino dos culos como merecido recibimiento.

Quizá algunos de vosotros conociérais mi anterior blog, Lérias Várias (http://anxova.blogspot.com). Era un blog de arte -sobre todo de arte- aunque incluía otros temas. Pero lo he cerrado. Hoy sigue colgado pero sólo se accede por invitación. ¿Por qué? Pues porque me dio por ahí. Así le doy más misterio a la cosa y hago que os muráis de envidia quienes no tenéis invitación. ¡¡¡Mwahahahahahaha!!!

En fin, en esta nueva etapa, en el III Año Triunfal de la Era Rajoy, tendré mil cuidados para no extralimitar mis libertades, para no ser subversivo ni ofender a ninguna persona que pueda ofenderse por decir cosas como que me da asco el arte conceptual… no, no diré esas cosas, ¡por favor! Intentaré, pues, hacer un blog de arte y otras cosas que sea políticamente corr… jajajajajaja. No puedo acabar la frase. No, en serio. Que lo intentaré. De verdad. Que sí, jojojoojo.

Normas: comentarios moderados. Sólo podréis comentar si yo apruebo (básicamente porque me dé la gana) lo que escribáis.